
Una amplia esquina de Villa Ortuzar sobre la que amanece claro el sol y se sumerge hasta la tarde. Veredas amplias, vecinos que hacen las compras, perros con dueños que se pasean solos y bicicletas que respetan el semáforo.
En esa esquina de Elcano y Roseti tres amigos se animaron a concretar el sueño de agasajar a otros con recetas de sus abuelas. Parados frente a la ochava y con los rayos del sol jugando sobre los vidrios de las ventanas se dieron cuenta que estaba todo por hacerse. Entonces llamaron a sus amigos. Amigos de los viejos, de los nuevos, de los altos, de los bajos, de los que se ponen el overol y de los especialistas en cebar mate. Hasta desde el campo vinieron estos amigos a hacer su parte en ese proyecto.
Todo había que arreglarlo, encolarlo, sacar y volver a poner: La pata de una silla, la pintura de una mesa, los estantes para la cocina. Todo había sido usado por otros en otro tiempo. Quizás hasta por nuestra propia abuela. Era hora de recuperar el encanto de aquellas cosas oxidadas a la sombra del plástico y lo descartable: la sopa de verdura, el pastel de carne, el escabeche, las largas charlas de sobremesa, el placer de encontrarse entre amigos.
Carla, Paula y Tomás estaban decididos a reciclar el tiempo, y pasando por debajo del puente Juan. B. Justo leyeron “El perfume de la siesta”. No había dudas, si había algo que estos tres amigos estaban deseosos de recuperar era la siesta: esas dos horitas de olor a tilo, de calor por la ventana y, por qué no, la estufa prendida y el gato enrollado. Era tiempo de sentarse a comer y Almacén La Siesta daba refugio a los sabores de las abuelas y los caprichos de los nietos.
* María es una de esas amigas que estuvieron desde el principio y siguen estando. Gracias Moyi!